lunes, 13 de septiembre de 2010

Cada palabra, otro sentido


Mis ojos están paralizados contra la ventana viendo como pasa este día gris, nefasto. El viento sopla tan fuerte que más que alerta de granizo tranquilamente podría haber alerta de baldosas. Los paraguas hacen acrobacias contra sus dueños. En otras palabras, un clima apocalíptico.
Pero en mis auriculares sonaba algo mágico, único. “Son cuatro casas sin ventana, cuatro cadáveres que van a renacer de entre los muertos, las visiones del final”. Una voz tenue canta esas palabras, un sintetizador que le hace las veces de sostén.
Estoy hablando de la genial Tango en segunda de Sui Generis. Un tema perdido en esa maravilla musical que es Pequeñas anécdotas sobre las instituciones, ese disco que marcó el principio del fin.
Y que decir de este dúo, de la genialidad de Charly, de la simpleza de Nito, de la mezcla perfecta que eran. Pero no es eso solo; es la canción, es el momento justo e indicado. Es ese momento en donde todos los planos se cruzan y cada palabra cobra un sentido nuevo, donde cada sonido se vuelve eterno, donde la canción se eleva y te eleva. “Es una loca sin mañana, es una lágrima en el pan, así es la loba que me cuida cuando empiezo a despegar”.
Sigue lloviendo pero ya no importa. Ahora suena una canción veinte años más joven. Juan Ravioli toca Desde mi puerta al fin del mundo y la guitarra se siente como si estuviese al lado mío, sus susurros calan los huesos. La misma historia se repite, cada palabra cobra otro sentido, cada sonido se vuelve eterno.
Y la lluvia ya es parte del todo, un instrumento más, otro ingrediente del momento.

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